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| Imagen: Ernesto Morosini |
Micro relato
Ernesto Morosini, febrero 2026
La rutina se instala en mi casa como si fuera suya. Me acompaña desde que suena el despertador hasta que vuelvo a acostarme. Es una mancha que no se quita por más que la lave, un tatuaje que me sigue a todas partes. Viene conmigo al baño y luego a la cocina; siento su mirada mientras rompo un huevo en la sartén caliente, mientras caliento el pan o las tortillas, mientras preparo el café. Se sienta a mi lado y me observa desayunar con paciencia. No se impacienta si reviso el celular ni se ofende si derramo café sobre la mesa.
Mi rutina no tiene nombre, pero me conoce a la perfección. Sabe que no tolero los platos sucios y que detesto lavar cacerolas, y aun así me mira -tal vez complacida- mientras restriego los trastos hasta dejarlos relucientes. Quiero creer que durante la ducha se queda afuera, que no vigila cada gesto. Al salir, sin embargo, vuelve a susurrarme qué ropa debo usar: toma la corbata azul, me dice, y yo obedezco.
Me subo al auto y acelero. Intento huir de ella. Si presiento que me sigue, tomo otra ruta para despistarla. Pero es inútil. Llego a la oficina y ahí me espera otra forma de la misma presencia: la rutina del oficinista, puntual y silenciosa, aguardando desde las nueve de la mañana para acompañarme hasta las seis de la tarde.
Así siempre.
No importa cuánto corra: la rutina no persigue, simplemente llega.
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