15 febrero, 2026

Guía para no postergar abrazos.


La última vez.

En memoria de Pepe Armas

Ernesto Morosini

Alguna vez vi en la televisión una escena de Dr. House: atendían a un paciente con cáncer pulmonar, consecuencia de su afición a los cigarrillos. Tras recibir el diagnóstico, el hombre salió al exterior del hospital y encendió uno.

—Oiga, no puede fumar. ¿No le han dicho que tiene cáncer pulmonar? —le espetó uno de los médicos.

—Lo sé —respondió el paciente—. Es que nunca supe cuál fue el último cigarrillo…


Y así nosotros.


Nunca sabemos cuándo es la última vez de algo. No sabemos cuál será la última palabra que cruzamos con alguien —si fue amable o torpe—, ni cuándo dimos el último abrazo, la última conversación sin prisa, el último apretón de manos. Vivimos como si todo fuera repetible, como si siempre hubiera una siguiente ocasión.

Si has llegado hasta aquí, entenderás que este es un texto triste. Lo es porque yo lo estoy. Hace unos días partió de este mundo un entrañable amigo y colega, y pienso —inevitablemente— en esa última vez que no supe que lo era.

¿Cuántos de nosotros sabemos cuándo es la última vez? Pocos. Tal vez ninguno. La mayoría vivimos instalados en una suerte de inocencia persistente, donde rara vez pensamos en el futuro —fatal e inevitable— de las personas que queremos o admiramos.

La primera vez que esa conciencia me rozó tenía siete años: asesinaron a John Lennon. Apenas un año antes había descubierto un casete que mi padre había comprado de The Beatles. Sonaban «Revolution» «The Ballad of John and Yoko» «Don’t Let Me Down», entre otras. Recuerdo con nitidez la portada: cuatro barbudos posaban frente al edificio de Apple mientras tocaban una música que me parecía hipnotizante.


Y, sin embargo, uno de ellos —el de lentes redondos— ya no estaba.


Fue quizá la primera vez que entendí, aunque de manera difusa, que incluso aquello que parece eterno puede terminar de pronto.

Años después, las «últimas veces» volvieron a presentarse de forma repentina, improbable, como suelen hacerlo las cosas importantes que, en el instante, no lo parecen. En los últimos años partieron personas que me importaban profundamente, por las que sentía un cariño entrañable, y que además se fueron demasiado jóvenes: Aleph Castañeda, contrabajista de jazz; Emmanuel Cruz, pintor hiperrealista xalapeño; Óscar Marín, fotógrafo, por mencionar algunos. También me pasó con la partida de mi padre: le dije adiós, pero ya no obtuve respuesta. 

La última vez que hablé con Pepe Armas fue hace un par de años. Fue por teléfono.

—¡Paquirri! ¿Cómo estás? —me decía.

Cada quien estaba inmerso en su mundo, atendiendo asuntos personales, proyectos, pendientes. Pero estábamos. Y eso parecía suficiente. Hasta que la vida, de un tajo, decidió que ya no más.

Irónicamente, sabemos que la muerte es parte de la vida, que nacimos para morir. Y, aun así, siempre duele querer y despedir a alguien a quien amamos. Nunca sabemos —maldita sea— cuándo será la última vez. El desfile de quienes se van crece cada año, y no sabemos cómo lidiar con ello; al menos yo no lo sé.

No sé cuándo será el último abrazo de quienes amo, cuándo escucharé por última vez la risa de mis hijos, cuándo tendrán lugar las últimas charlas con las personas que quiero, el último saludo, la última coincidencia. De eso hablaba con Gustavo, amigo y camarada en común con Pepe: que no supimos despedirnos correctamente. No en un velorio ni en una misa, sino de frente, como hermanos: cabrón, que te vaya bien, te quiero, y todo lo demás.

Entonces mi hermana Orietta me sugirió que le escribiera una carta de despedida y luego la quemara. Esta es mi carta. No voy a incendiar la computadora, pero la comparto como parte de mi duelo.

Lamentable, o quizá inevitable: así es la vida. Somos instantes, momentos, episodios buenos y malos. Estamos hechos de ellos, o tal vez ellos hacen nuestra vida. O, como dice Savater, somos «esclavos de nuestras circunstancias». Ah, pero eso no es todo, querido lector. Pienso que pertenecemos a una de las últimas generaciones que quizá dejen algo tangible. ¿Por qué lo creo? Nuestros padres, abuelos y bisabuelos nos heredaron memoria material: retratos amarillentos —daguerrotipos—, libros subrayados, cartas manuscritas, vinilos, muebles que parecían eternos. Nosotros, en cambio, dejaremos imágenes digitales, correos electrónicos encriptados, mensajes dispersos, listas musicales de reproducción que nadie escuchará, muebles desechables, dibujos y libros digitales almacenados en la nube o que viven detrás de una pantalla.

¿Será este el último texto que escriba? ¿La última acuarela que pinté —hace quince días— será realmente la última?

En ese sentido coincido con el dibujante Klaustoon: «hay que dejarle algo a los arqueólogos», por eso gran parte de mi trabajo gráfico es físico. Afortunados los que poseen una obra mía. Vendo barato, harbanos. Ja.

La última vez es como el gato de Schrödinger: existe y no existe al mismo tiempo. Está ahí, latente, pero solo se revela cuando ya ha ocurrido. Quizá lo único que nos corresponde es volver cada instante especial, íntimo, irrepetible, como si realmente lo fuera.

Personalmente no quiero pensar en eso, pero es ineludible. Va a pasar, aunque nadie quiera, aunque yo no quiera. Por eso, si alguna vez me ves por la calle y yo no te veo, salúdame. Si alguna vez piensas en mí, llámame o mándame un mensaje. Yo haré lo mismo. Procuraré no postergarlo, aunque los años me hayan vuelto un poco más huraño.

Como en las viejas contestadoras telefónicas: «deja tu nombre y tu mensaje; yo me comunicaré más tarde».

Pero que ese “más tarde” no sea nunca demasiado tarde.

Gracias por los buenos momentos, arquitecto Pepe.


«¿Tiene sentido la vida? ¿Merece la pena vivir? ¿Hay vida después de la muerte?». Mira, la vida tiene sentido y sentido único; va hacia adelante, no hay moviola, no se repiten las jugadas ni suelen poder corregirse. Por eso hay que reflexionar sobre lo que uno quiere y fijarse en lo que se hace. Después… guardar siempre el ánimo ante los fallos, porque la suerte también juega y a nadie se le deja acertar en todas las ocasiones. ¿El sentido de la vida? Primero, procurar no fallar; luego, procurar fallar sin desfallecer.

Fernando Savater. Ética para Amador 


05 febrero, 2026

La rutina

Imagen: Ernesto Morosini


Microrrelato

Ernesto Morosini, febrero 2026

La rutina se instala en mi casa como si fuera suya. Me acompaña desde que suena el despertador hasta que vuelvo a acostarme. Es una mancha que no se quita por más que la lave, un tatuaje que me sigue a todas partes. Viene conmigo al baño y luego a la cocina; siento su mirada mientras rompo un huevo en la sartén caliente, mientras caliento el pan o las tortillas, mientras preparo el café. Se sienta a mi lado y me observa desayunar con paciencia. No se impacienta si reviso el celular ni se ofende si derramo café sobre la mesa.


Mi rutina no tiene nombre, pero me conoce a la perfección. Sabe que no tolero los platos sucios y que detesto lavar cacerolas, y aun así me mira -tal vez complacida- mientras restriego los trastos hasta dejarlos relucientes. Quiero creer que durante la ducha se queda afuera, que no vigila cada gesto. Al salir, sin embargo, vuelve a susurrarme qué ropa debo usar: toma la corbata azul, me dice, y yo obedezco.


Me subo al auto y acelero. Intento huir de ella. Si presiento que me sigue, tomo otra ruta para despistarla. Pero es inútil. Llego a la oficina y ahí me espera otra forma de la misma presencia: la rutina del oficinista, puntual y silenciosa, aguardando desde las nueve de la mañana para acompañarme hasta las seis de la tarde.


Así siempre.

No importa cuánto corra: la rutina no persigue, simplemente llega.

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23 enero, 2026

Escuchar con los ojos: leer jazz desde la ficción




«Pero hermoso. Un libro de jazz»

Geoff Dyer

Literatura Random House
227 páginas.

Ernesto Morosini, 2026

El día de ayer concluí la lectura de un libro verdaderamente hermoso. Me lo recomendó el artista, escritor y amigo Alec Depster después de leer mi texto sobre el libro de jazz de Murakami; se titula «Pero hermoso. Un libro de jazz» (1996), de Geoff Dyer. El nombre me pareció soberbio y, tras meditarlo un poco, concluí que quizá era el más adecuado, pues el jazz también lo es. Me apuraban las ansias por desentrañarlo y saber si se trataba de una buena lectura, ya que en ocasiones me he topado con libros de títulos prometedores que decepcionan al adentrarse en sus páginas. Me frustra la pérdida de tiempo y de esfuerzo que implica leer un libro malo o, al menos, uno que a mí me lo parezca. Por ejemplo, no tocaría ni por equivocación un libro de Paulo Coelho. Solo he leído uno suyo y me resultó superfluo. Tras leer críticas sobre su obra y escuchar opiniones de otros lectores, podría concluir que Coelho no escribe para el lector exigente, sino para aquel que busca consuelo, confirmación o una experiencia espiritual sin fricción intelectual. Lo siento si hiero susceptibilidades, querido lector; es solo mi opinión.



Ben Webster
Dyer nos embarca en un viaje delicioso: inicia con un trayecto en automóvil junto a Duke Ellington y Harry Carney, mientras ambos charlan animadamente rumbo a su destino. Desde el principio, Dyer advierte que las historias narradas en el libro no nacen necesariamente de hechos reales, sino que se permite la licencia de improvisar, del mismo modo en que se improvisa en el jazz. Señala también que decidió no marcar aquellas citas que sí ocurrieron en la vida real, bajo la lógica de que los músicos de jazz se citan con frecuencia durante los solos y que, según nuestro conocimiento, podemos captarlas… o no. Desconocía que a esto se le llamara citar en modo musical; a mí, por desgracia, solo se me da el APA.
Thelonious Monk

Otro de los aspectos geniales del libro es que Dyer habla de los músicos no como fueron, sino como a él le parece que eran: se adentra en su psique, en sus aficiones y vicios, y al mismo tiempo va insinuando, de manera velada, la filosofía de cada uno, como si los conociera íntimamente, como si habitaran su mente y le contaran cómo sentían el mundo a través de sus ojos, sus manos y sus instrumentos. Narrativamente, Dyer hace uso de símiles y metáforas manejados de forma impecable, con una cadencia casi poética que me recuerda la intensa prosa de Saramago, en cuyas páginas es posible vislumbrar decenas de imágenes en un solo párrafo. El recorrido del libro inicia, como ya mencioné, con la interacción entre Ellington y Carney, la cual se mantiene como una larga escena a lo largo de la obra, interrumpida cada tanto por los relatos de quienes -me atrevo a pensar- son los músicos predilectos de Dyer: Lester Young, Bud Powell, Charles Mingus, Chet Baker, Ben Webster, Thelonious Monk y Art Pepper. Cada uno de ellos cuenta una historia de vida con sus propios matices y experiencias, todas flotando en nubes de heroína, alcohol y cigarrillos.

Chet Baker

No se trata de un libro de biografías como el de Murakami; Dyer va más allá, entremezclando realidad y ficción, con más ficción que realidad, a veces apoyándose apenas en un puñado de fotografías: «Las mejores fotografías de jazz están saturadas por el sonido del tema. En la foto de Carol Rieff de Chet Baker tocando en el Birdland oímos no solo a los músicos que llenan el pequeño escenario del encuadre, sino también la charla de fondo y el tintineo de los vasos del club…». Dyer se tomó muy en serio aquello de que una imagen vale más que mil palabras y tuvo la habilidad -y la osadía- de narrar lo que en ellas acontecía, o lo que él creyó que pasaba: «…ya que las mejores fotografías parecen prolongarse más allá del momento que describen, lo que acababa de decirse, lo que estaba a punto de decirse».


Art Pepper
No me queda duda de su experiencia con las letras ni de sus conocimientos de jazz. El epílogo es un breve pero detallado ensayo sobre qué es el jazz y cuál ha sido su devenir a lo largo de cien años: desde su nacimiento a partir del blues hasta nuestros días, pasando por las fronteras que ha traspasado, sus distintos estilos y algunos de sus músicos más representativos. También nos invita a pensar en aquellos que dejaron el mundo a una edad temprana, ya fuera por adicciones, accidentes o riñas. De ese modo, Dyer nos lanza una pregunta inquietante: ¿qué habría sido de Miles Davis si hubiera muerto a los veinticinco años, como Clifford Brown? Y responde: «cuando piensas que si Miles Davis hubiera muerto a la misma edad no habría grabado nada después de The Birth of the Cool, comienzas a intuir la magnitud de la pérdida».

Lester Young

En lo personal, me habría gustado leer alguna historia sobre Charlie “Bird” Parker, Louis Armstrong o Ella Fitzgerald. Quiero imaginar que quizá no se escribió sobre ellos porque existe ya suficiente material biográfico que contrastaría demasiado con la ficción propuesta por Dyer. Existen, además, algunas películas -Bird (1988), Born to Be Blue (2015) y The United States vs. Billie Holiday (2021)- que abordan las vidas de Charlie Parker, Chet Baker y Billie Holiday, respectivamente, y que resultan un material significativo y enriquecedor para los amantes del jazz.

Finalmente, el libro incluye un listado de piezas esenciales que me gustaría incorporar poco a poco a mi lista de reproducción del Jazzinio Club. Este es, sin duda, un buen momento para hacerlo.

Me quedaría por saber qué opinan los amigos jazzistas sobre este libro: si hay puntos en los que discrepan o en los que comulgan. Es algo parecido a preguntarle a un arquitecto su opinión sobre «El manantial» de Ayn Rand, aunque sospecho que muchos no han pasado de la portada. Y hablando precisamente de portadas, la del libro que da pie a este texto lleva una cita del pianista y compositor Keith Jarrett, que dice: «El único libro sobre jazz que le recomendaría a mis amigos». Concuerdo totalmente con Jarrett; lo recomiendo ampliamente.

Terminar este libro ha sido como quedarse unos minutos más en una mesa de un club de jazz, cuando ya encendieron las luces y los meseros comienzan a limpiar el desorden, mientras que el eco del último acorde aún flota en el aire. No es una lectura para aprender datos ni confirmar nada, sino para escuchar las voces de los músicos y de sus instrumentos. Tal vez por eso el libro no finaliza del todo, deja abierta la puerta para volver a la música, poner una pieza, disfrutarla y dejar que las páginas sigan sonando, aunque el libro ya esté cerrado.

Gracias por la recomendación, Alec.


---> También escribo sobre arquitectura y urbanismo acá.

26 diciembre, 2025

Jazz en sordina: una lectura simplona de Murakami

 


Murakami escucha jazz (pero le falta swing). 

Ernesto Morosini, 2025


Considero al jazz como una música atemporal:pueden pasar cien años y continúa vigente, quizá bajo otros estilos y subgéneros, pero al final es una música que vive y respira a través de nuestros sentidos. Quien haya estado en un concierto de jazz no podrá negar que un solo de batería o de piano es capaz de hacer vibrar las emociones más recónditas de su ser. Con Haruki Murakami pretende ocurrir algo similar en «Retratos de jazz». Dicho libro, publicado originalmente en 1997 y actualizado en 2001 contiene 55 relatos breves sobre diferentes figuras del jazz desde la perspectiva personal y afición declarada de Murakami por esa música y son acompañados por una biografía diminuta de cada intérprete. De las 55 personalidades que menciona el libro, debo admitir que solo conozco apenas unas 20, a lo mucho, por lo que la lectura me sugirió una merecida novateada. Aunque, en mi defensa, tampoco se mencionan a varios músicos que sí conozco, como Sarah Vaughan, Aretha Franklin. Paul Desmond, Dave Brubeck, John Coltrane y Tal Farlow. Quiero pensar,entonces, que los jazzistas incluidos son los predilectos de Murakami y que la intención del libro nunca fue la de convertirse en una enciclopedia del jazz; de haber sido así, no terminaríamos nunca.

Nunca antes había leído nada de Murakami, y este libro no me permite emitir un juicio más o menos sólido sobre su obra. Necesito tal vez, algo más profundo y extenso para formarme una idea sobre su prosa. Si bien «Relatos del jazz» está escrito correctamente y mantiene un ritmo ameno, no me parece un libro imprescindible: su escritura no molesta, pero tampoco deja huella. Murakami escribe más como aficionado interesado que como alguien dispuesto a arriesgar un concepto que sacuda al lector. Lo único que lo salva radica en los músicos que menciona, lo cual basta para seducirme a escuchar las piezas de jazz que ahí se comentan.

El prefacio del libro fue escrito tanto por Makoto Wada como por el propio Murakami. Wada era un pintor del que no termino de entender qué le vio Murakami, se encargó de retratar a cada uno de los intérpretes de manera poco afortunada. Esa es otra de las partes lamentables del libro, ya que sus ilustraciones, lejos de enriquecer la obra, la hacen parecer un capricho editorial para vender ejemplares. No comprendo por qué el dibujante eligió un estilo naif ni por qué, habiendo ilustradores mucho más sólidos, se optó por el trabajo -si es que se le puede llamar así- de Wada.

Por último, me parece que haría falta una segunda parte dedicada a los jazzistas contemporáneos, como Chic Corea, Christian McBride, Joshua Redman, Pat Metheny y Brad Mehldau, entre otros. Aunque, eso sí, me gustaría leerla más en forma de ensayo, al estilo del «El jazz en México» de Alain Derbez, una obra rigurosa y con información verdaderamente interesante sobre el desarrollo del jazz en nuestro país.

«Retratos del jazz» funciona mejor como una lista de reproducción comentada que como un libro serio de jazz. Agradezco el entusiasmo de Murakami y de Wada, pero le hace falta el «shout chorus», y tratándose de jazz, eso no es un detalle menor.

Por mi parte, dejo una lista de reproducción en Spotify que armé hace algunos meses: Jazzinio Club. Estoy seguro de que la disfrutarás.


Si llegaste hasta aquí, dejo un relato breve que escribí hace varios años, cuando escribía peor y sabía menos. Habla de mi relación con el jazz, entre la memoria, la ficción y cierta indulgencia juvenil.

JAZZ FOREVER

Ernesto Morosini, 2005



Yo tenía apenas ocho años y quería aprender a tocar la batería, convertirme en un “Rock Star” y tocar canciones de The Police, Doors, Pink Floyd y no se cuántos grupos más, así que le pedí a mi padre que me inscribiera en clases de música. Él no estaba muy convencido de comprarme una batería porque hacía “demasiado ruido”, pero lo seguro es que era demasiado dinero y él no quería hacer un gasto de ese tipo. Entré a clases de iniciación musical y tuve un maestro negrito. Se llamaba Quincy Charles, o al menos así se presentaba, seguramente en alusión a esos musicazos que son Quincy Jones y Ray Charles. 

Miles Davis, por Morosini
Los alumnos lo conocíamos como “Mister Chocolate” y enseguida comenzó a enseñarnos solfeo y armonización. Como Mister Chocolate era gringo y además negro, hablaba un español bastante difícil de comprender y nos hacía la vida de cuadritos tratando de enseñarnos música. Una tarde nos llevó a la sala de instrumentos, tomó un saxofón (o lo que yo creía que era un saxofón) y comenzó a tocarlo con maestría, a veces suave, a veces rasposo y pasaba de primera a quinta velocidad dejándonos todos mareados y medio sordos, pero al fin y al cabo complacidos. Nos dijo que eso que habíamos escuchado era “yasmiusic” y que el yasmiusic había sido inventado por sus tatarabuelos negros en una ciudad establecida en el Delta del Mississippi llamada New Orleáns. Maravillosa música, un ritmo que me dejó marcado de por vida. Al poco tiempo de habernos regalado el yasmiusic, Mister Chocolate tuvo que marcharse a su tierra porque su madre se encontraba muy enferma. Al partir él, yo abandoné la escuela de música y mi padre no me compró la batería, pero a cambio de eso le pedí que me consiguiera discos de yasmiusic y juntos nos encaminamos a conseguir algunos elepés, así podría recordar el solo de Mister Chocolate aquella tarde en la sala de instrumentos. Fue entonces cuando conocí la voz ronca de Louis Armstrong y su inseparable trompeta, la fluidez del clarinete de Benny Goodman, las hermosas voces de Ella Fitzgerald y Sarah Vaughan así como el triste lamento de Billie Holliday; me sentí muy bien al oír a Chuck Mangione, a Herp Albert, la bossa nova de Jobim y la lánguida voz de Chet Baker. Pero sobre todo, recordar al negrito Quincy Charles y la magia de su saxofón interpretando alguna melodía de jazz music, jazz forever. 
Ella Fitzgerald, por Morosini


#ElKindleDeMoro

21 diciembre, 2025

Entre sionistas y nóbeles te encuentres...


Lo abrí por curiosidad, por enterarme de qué iba.

A simple vista pareciese un libro de ficción; sin embargo, a cada página se va uno dando cuenta de la perversidad que contiene. «Los protocolos de los sabios de Sión»* es un texto atribuido a un grupo de sabios judíos supuestamente reunidos durante el primer congreso sionista celebrado en Basilea, Suiza, en el año de 1897, presuntamente para planear el dominio mundial. Al consultar en diversas fuentes, me encontré con que dicho documento no es más que una farsa elaborada para agraviar y desacreditar al pueblo judío. Un número considerable de autores -entre ellos Umberto Eco- lo ha estudiado a fondo y ha determinado que se trata de un texto apócrifo, construido a partir de plagios, manipulaciones y prejuicios políticos. Según lo que logré investigar es que se ha comprobado que buena parte de su contenido proviene de sátiras y panfletos del siglo XIX reciclados y reescritos con la intención de fabricar ilusoriamente una conspiración auténtica. El documento se publicó por primera vez en la Rusia zarista, hacia 1903, en un ambiente marcado por el anti judaísmo institucional, y fue utilizado como instrumento de propaganda para justificar persecuciones, pogromos y, más adelante, ideologías totalitarias.

Lejos de representar las «minutas de asambleas secretas verdaderas», los protocolos funcionan más bien como un recurso discursivo: no existen hechos comprobables, sino temores compartidos. Su fuerza radica no en decir la verdad, sino en señalar a un enemigo abstracto y convenientemente uniforme, tal y como ahora las potencias mundiales usan genéricamente al terrorismo o al narcotráfico con el propósito de iniciar hostilidades armadas con alguna nación. Por eso el texto ha sido reutilizado y difundido en distintos momentos y lugares -de Europa a Estados Unidos-, ajustándose a nuevas tensiones sociales, económicas y políticas, como si fuera un manual de la desconfianza. 

Leer hoy «Los protocolos de los sabios de Sión» requiere de una distancia crítica. El libro dice menos sobre una supuesta élite judía que sobre la facilidad con la que una mentira bien construida puede adquirir apariencia de verdad cuando encuentra un terreno fértil de resentimiento e ignorancia. Sin embargo, en mi opinión -y atendiendo, como diría el distinguido Alfredo Jalife, a los movimientos visibles en el tablero de ajedrez mundial-, pareciese que el Estado de Israel y sus patrocinadores están aplicando, en el mediano plazo, una narrativa que me recuerda inquietantemente a lo plasmado en ese libro. Basta con observar lo que ocurre hoy en Palestina, Líbano, Siria y Yemen, o la reciente cesión de recursos hídricos del gobierno argentino a manos de un operador israelí. Suena delirante, lo sé. Y, sin embargo, ahí está. Aunque la falsedad del documento ha sido establecida con claridad, su vigencia simbólica persiste, negándose a desaparecer del todo y reapareciendo, una y otra vez, en la lectura cotidiana de los acontecimientos contemporáneos.


En otra lectura, esta vez del Premio Nobel de Literatura 2003, J. M. Coetzee, me encontré con una experiencia tan abrumadora como decepcionante. Se trata de «La infancia de Jesús» (2013). Como lector habitual de obras que abordan lo cristiano desde una óptica herética -por llamarla de algún modo- me volqué en ella con entusiasmo. La decepción no fue inmediata, y quizá por eso resultó mayor.

Años atrás había leído «Desgracia» (1999), una novela de prosa precisa y brutal, capaz de revolver el estómago sin recurrir a excesos; y «Esperando a los bárbaros» (1980), que me sostuvo durante páginas enteras en una tensión casi asfixiante. Coetzee tenía -tiene- algo que atrapaba desde la primera página. Ese efecto se repite en «La infancia de Jesús», pero en diminuendo, como diría un músico: empieza bien, promete, y luego se disuelve.

La novela arranca con solvencia, pero conforme avanza va perdiendo la densidad que uno espera de Coetzee y comienza a parecerse peligrosamente a otra cosa, algo más cercano a Coelho que al autor que uno admira. Una metamorfosis digna del Dr. Jekyll en Mr. Hyde: de lo complejo a lo plano, de lo sugerente a lo obvio, y de ahí en picada. Lo más desconcertante es que el libro no aborda ni al Jesús histórico ni al Jesús de la fe cristiana. Yo llevaba, quizá ingenuamente, una expectativa similar a la que me dejó «El evangelio según Jesucristo» (1998) de Saramago. Pero no: nada de eso ocurre.

Terminé el libro con una sensación de pena: su final no es un final, o al menos no uno que justifique el trayecto ni el esfuerzo. ¿Qué rayos te pasó, Coetzee? Tal vez el error fue mío. Tal vez lo medí con una vara demasiado alta. Tal vez, sin darme cuenta, lo comparé con Moby-Dick. En cualquier caso, no caigan.

Hay libros que fallan y otros que simplemente decepcionan; estos últimos son los más difíciles de perdonar, sobre todo cuando provienen de autores que alguna vez nos enseñaron a leer mejor. Confieso que «La infancia de Jesús» no es un mal libro, pero sí uno prescindible. Y en un Nobel, eso ya es decir bastante.

Actualmente estoy en una lectura de Murakami, ya escribiré sobre ella antes de cerrar este 2025, espero.

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1. Wikipedia (entrada principal sobre Los protocolos)

Wikipedia. (2025). Los protocolos de los sabios de Sion. Recuperado de https://es.wikipedia.org/wiki/Los_protocolos_de_los_sabios_de_Sion 

2. Enciclopedia del Holocausto (United States Holocaust Memorial Museum, versión en español)

United States Holocaust Memorial Museum. (s. f.). Los protocolos de los sabios de Sión, una conspiración antisemita. Recuperado de https://encyclopedia.ushmm.org/content/es/article/protocols-of-the-elders-of-zion 

3. Enciclopedia del Holocausto: fechas clave

United States Holocaust Memorial Museum. (s. f.). Fechas clave de Los protocolos de los sabios de Sión. Recuperado de https://encyclopedia.ushmm.org/content/es/article/protocols-of-the-elders-of-zion-key-dates

4. La Vanguardia – Historia y Vida

La Vanguardia. (2021, 18 de febrero). ‘Los protocolos de los sabios de Sión’, la mentira que no muere. Historia y Vida. Recuperado de https://www.lavanguardia.com/historiayvida/historia-contemporanea/20210218/6250329/protocolos-sabios-sion-antisemitismo.html

3. MEMRI Español – análisis de circulación contemporánea

MEMRI Español. (s. f.). ‘Los protocolos de los sabios de Sion’ en las redes sociales supremacistas blancas y neonazis. Recuperado de https://www2.memri.org/espanol/los-protocolos-de-los-sabios-de-sion-en-las-redes-sociales-supremacistas-blancas-y-neonazis/62481


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14 noviembre, 2025

Llamadme Ismael...

 

Moby Dick
La ballena
Herman Melville


Hace 174 años -un 14 de noviembre de 1851- apareció por primera vez Moby-Dick, la ballena blanca. Aquel gran leviatán literario emergió para convertirse en una de las obras mayores de la narrativa norteamericana. Herman Melville nos embarca en el Pequod, un ballenero comandado por el implacable capitán Ahab y cuyo viaje conocemos a través de la voz de Ismael, uno de los integrantes de la tripulación.

Debo admitir que, al principio, no era una lectura que me llamara particularmente. Tan solo ver aquel volumen descomunal me producía una especie de desazón anticipado. Además, la historia había sido endulzada, manoseada y exprimida hasta el cansancio por el cine y la televisión. Lo irónico -y aquí Melville podría guiñarnos un ojito desde el siglo XIX- es que la novela, que efectivamente es una gran novela, me mantuvo en vilo: solo hasta el capítulo 133 (de un total de 135) la famosa bestia blanca se digna a aparecer.

La advertencia estaba ahí, desde la introducción: no sería una lectura sencilla. En Estados Unidos, su lectura es obligatoria en la escuela, en un paralelo más o menos equivalente al papel del Quijote en España. Allá se dice que Moby-Dick es “un libro para hacer una tesis”, y no es exageración. La obra es compleja, tupida de alegorías, repleta de referencias religiosas, políticas y filosóficas que desbordan con generosidad y paciencia del lector mediante.

Melville, viendo como aún
no lees Moby-Dick

Para mí, además de todo eso, terminó siendo un tratado fascinante sobre los balleneros del siglo XIX. Melville ofrece una auténtica cátedra sobre la estructura de aquellas naves, los instrumentos utilizados para la caza y un inventario minucioso de cetáceos, con sus usos y propiedades. El cachalote, o ballena de esperma, ocupa un lugar privilegiado: era, por supuesto, uno de los espécimenes más codiciados por los balleneros.

No puedo dejar de mencionar que los soliloquios de los tripulantes del Pequod están impregnados de una poesía profundamente prosáica -poema en prosa en su mejor acepción, si se me permite la aclaración-. Sorprende el dominio de la pluma de Melville: el lenguaje, las imágenes, su ritmo, y sobre todo, la elegancia precisa con la que escoge cada palabra para nombrar una acción o un pensamiento. Ese es, creo, el sabor que más perdura después de terminar el libro. Y, al mismo tiempo, deja la vara peligrosamente alta para quienes se dedican a escribir: uno siente que el lenguaje cotidiano -y en particular el español- se desliza hacia una decadencia que a veces parece irremediable. Son pocos quienes lo mantienen vivo y en su sitio; la mayoría apenas logra expresarse con claridad y adopta con descaro decenas de anglicismos que, lo confieso, detesto.

Leer esta novela me espabiló el sentido autocrítico y me hizo querer afinar más mis futuros escritos. Y, ya entrado en alegorías, me atrevo a ver en la sociedad un Pequod lingüístico a la deriva, amenazado por la decadencia del propio idioma. Al final, el barco se hunde, sí, pero Ismael sobrevive. Y en ese gesto mínimo -un solo hombre aferrado a un ataúd salvavidas- me gusta pensar que también sobrevive nuestro idioma.

Después de todo, la espera interminable por la aparición de la ballena, así como la monomanía incesante de Ahab, me dejan entrever un espejo curioso en nuestra relación con el lenguaje. Así como Melville se tomó su tiempo -más de cien capítulos- antes de mostrar a su criatura, también nosotros vamos recorriendo, bordeando y, a veces, esquivando el sentido poderoso de las palabras, hasta que finalmente se revela la frase exacta, la palabra precisa. Leer Moby-Dick me recordó que el idioma, cuando se cultiva con rigor y paciencia, puede seguir siendo un territorio vasto, indómito y vivo.

Pienso que el hundimiento del Pequod a manos (mandíbula, aletas y cola) de la ballena, adquiere un significado inesperado: la nave, cargada de obsesiones y desvaríos, se pierde; pero Ismael se salva. Él es el testigo, el que convierte el desastre en relato. Y, llevado al terreno de la metáfora, quizá en ese único sobreviviente se encuentre lo que hoy necesitamos: una conciencia despierta que vigile la claridad del idioma frente a su propio oleaje de decadencias y modas pasajeras.

Finalmente, Moby-Dick no es solo una ballena: es un recordatorio de que nuestro idioma merece ser buscado con la misma terquedad pero con menos fatalismo que el que impulsó a Ahab. Porque, si tenemos éxito, siempre habrá un Ismael dispuesto a contarlo de nuevo y a mantener vivas las palabras.

#elkindledemoro



31 agosto, 2025



Me resulta asombroso -y profundamente alarmante- que aún existan personas que justifican, o incluso celebran, la sistemática eliminación de un pueblo entero, el palestino, bajo la premisa de que su religión o cultura produce violencia por naturaleza. Tal afirmación no sólo carece de fundamento científico o histórico, sino que ignora verdades documentadas: por ejemplo, que Hamas fue originalmente apoyado y financiado en sus primeras etapas por el propio Estado de Israel, (1) como estrategia para debilitar a la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), su rival más acérrimo y nacionalista. 

Es necesario, como ciudadanos del siglo XXI, que cuestionemos la narrativa dominante cuando los hechos y los documentos históricos apuntan en otra dirección. Por ello, comparto este libro rigurosamente documentado, que desentraña la historia de Palestina en el contexto del poder global, la geopolítica y los intereses que moldean el futuro del mundo moderno.

Porque si realmente creemos en la civilización, el progreso y la humanidad, no podemos permitir que se normalice la idea de que un pueblo puede ser borrado del mapa sin consecuencias morales o intelectuales.

Fuentes:

(1) * 

https://swprs.org/why-israel-created-hamas/

https://www.wsj.com/articles/SB123275572295011847

#SancionesAIsrael

#FreePalestine

24 junio, 2025

El abrigo rojo

 

Imagen superior izquierda de Schindler´s List (1993). Resto de imágenes, collage del autor con fotografías de la realidad que impera en Palestina y Medio Oriente. Créditos a quien corresponda. 


Sin temor a equivocarme, una de las escenas más emotivas y dramáticas de La lista de Schindler (1993) es aquella en la que una niña judía con un abrigo rojo recorre las calles. La película, presentada en su totalidad en blanco y negro, resalta únicamente el color de ese abrigo en las escenas donde ella aparece.

Schindler’s List fue dirigida y coproducida por Steven Spielberg, con Liam Neeson en el papel de Schindler y Ralph Fiennes como el oficial de las SS. Si algo tienen en común las películas de Spielberg sobre la Segunda Guerra Mundial es su constante enaltecimiento del pueblo judío -por razones comprensibles- . Sin embargo, su jugada maestra, en mi opinión, fueron esas breves pero poderosas escenas de la niña del abrigo rojo. Dicen mucho sin pronunciar una sola palabra.

Independientemente de los múltiples análisis que se han hecho sobre la película, para mí, la imagen de esa niña representa la infancia robada por las tropas del pintor austriaco; una clara alusión al sufrimiento que vivieron entonces los niños judíos, y al destino final de esa pequeña figura que camina sola entre el horror... Y la historia se repite.

Hoy, casi en tiempo real, podemos atestiguar las atrocidades que el ejército de Israel comete contra los palestinos, en especial contra los niños. Los mayores ya han entendido que pueden morir en cualquier momento. Han perdido el sueño de llegar a ser adultos, porque una bala o un misil puede cortarles la vida en un instante. Los más pequeños -de tres, cuatro o cinco años- viven bajo un trauma constante: el estruendo de los bombardeos y el zumbido mortal de los drones. Según las declaraciones de algunos políticos del Estado de Israel, esos niños son el enemigo, y no deben vivir para no convertirse, algún día, en potenciales vengadores.

Me avergüenza que la mayoría de la gente pase de largo ante esta atrocidad. Que permanezcamos inmóviles, envueltos en la indiferencia, asumiendo que no hacer nada no tiene consecuencias. Tiempos desafortunados los que vivimos. Aun así, puedo mirar a mis hijos a los ojos con dignidad, aunque sé que es poco lo que puedo hacer para aliviar la tragedia que viven los niños palestinos y sus familias.

Si eres de los que piensan que no se puede hacer nada, yo te digo que SÍ SE PUEDE. En el enlace de abajo encontrarás una página con herramientas para ejercer presión a los representantes de nuestro gobierno, para que actúen de inmediato. Es indispensable manifestarles que exigimos sanciones a Israel y el fin de toda complicidad. Gracias por haber llegado hasta acá.

Es cuanto.


#SancionesAIsrael
#sancionesaisraelya
#Palestina
#PalestinaLibre
#FreePalestine

12 junio, 2025

Casa Damasco, de Maruan Soto Antaki

Cuando tomé este libro no tenía expectativas claras sobre su contenido. Sin embargo, al pertenecer a la colección de Alfaguara, supuse que sería una lectura provechosa. El resultado, en mi opinión, se parece a elegir en el supermercado un limón de aspecto perfecto: brillante, terso, prometedor… pero al cortarlo y exprimirlo, el jugo no fluye. Así me dejó Casa Damasco: con la sensación de algo prometedor que no me termina de convencer.

No diría que está mal escrito; al contrario, tiene una prosa correcta, aunque por momentos los pasajes en tercera persona me resultaron soporíferos. Había fragmentos en los que la voz de la protagonista, Wissam, emergía con más fuerza. Maruan nos sitúa: Wissam es una mujer mexicana con ascendencia siria, atada por lazos de sangre a un país lejano que atraviesa una guerra brutal. Viaja a Siria para tratar de resolver asuntos pendientes con su familia materna. A veces, las relaciones familiares se desgastan por heridas no sanadas, por silencios, por distancias físicas y emocionales. Cuando la comunicación falla y el tiempo transcurre sin contacto, las familias pueden convertirse en desconocidos… o peor aún: en desconocidos indeseables, cuyo único vínculo real es la sangre.

La historia transcurre en pleno conflicto bajo el régimen de Hafez al-Ásad, en una Siria devastada por la guerra civil, cuyas secuelas aún persisten. El libro llegó a mí en un momento en que me siento profundamente indignado por lo que ocurre en Gaza: el genocidio que el Estado de Israel perpetra contra el pueblo palestino, mientras tantos lo ignoran o prefieren no mirar. Eso es lo que más duele: la ceguera voluntaria, el desinterés frente al hambre, las bombas, los disparos de francotiradores. La gente de aquí dice “no se puede hacer nada”, pero sí se puede, solo hay que encontrar los modos, aunque no sean fáciles. A veces nos indigna más la derrota de nuestro equipo de fútbol que la sonrisa de una niña a la que un médico le ajusta el vendaje en lo que solían ser sus piernas.

Aunque la prosa de Maruan Soto Antaki no logró cautivarme del todo, Casa Damasco me dejó un sabor amargo, el de saber que, en algún otro lugar del mundo, hay gente que sufre, que llora, que busca entre los escombros los nombres de sus muertos. Ese sabor persiste, como una verdad que no podemos -ni debemos- ignorar.


#elkindledemoro



20 abril, 2025

Las gracias, siempre.


Meme tomado de la red.
Créditos a quien corresponda
Porque en estos días (y en muchos otros, lo confieso), escucho a las personas agradecer a Dios cuando les suceden cosas buenas o se libran de alguna tragedia.

Si todo viene de Dios, no tendría sentido agradecerle solo lo bueno. O se le agradece todo -lo que alegra y lo que duele- o seamos honestos: no creemos que controle nada. Lo incoherente es atribuirle los milagros, pero no las cosas malas.

La idea de que el demonio se encarga del mal es un consuelo inventado: si Dios es omnipotente, lo abarca todo, incluso lo que nos cuesta entender. Tal vez su papel no es evitarnos el dolor, sino darnos un sentido dentro de él. Y si eso es así, entonces también hay que decir gracias, aunque duela.

Pensarlo así no es herejía, es coherencia (bueno, sí, un poquito de herejía pero más coherencia). Solo es una reflexión personal de alguien que no se para nunca en la misa dominical ni por equivocación.

Feliz domingo de Pascua.