La última vez.
En memoria de Pepe Armas
Ernesto Morosini
Alguna vez vi en la televisión una escena de Dr. House: atendían a un paciente con cáncer pulmonar, consecuencia de su afición a los cigarrillos. Tras recibir el diagnóstico, el hombre salió al exterior del hospital y encendió uno.
—Oiga, no puede fumar. ¿No le han dicho que tiene cáncer pulmonar? —le espetó uno de los médicos.
—Lo sé —respondió el paciente—. Es que nunca supe cuál fue el último cigarrillo…
Y así nosotros.
Nunca sabemos cuándo es la última vez de algo. No sabemos cuál será la última palabra que cruzamos con alguien —si fue amable o torpe—, ni cuándo dimos el último abrazo, la última conversación sin prisa, el último apretón de manos. Vivimos como si todo fuera repetible, como si siempre hubiera una siguiente ocasión.
Si has llegado hasta aquí, entenderás que este es un texto triste. Lo es porque yo lo estoy. Hace unos días partió de este mundo un entrañable amigo y colega, y pienso —inevitablemente— en esa última vez que no supe que lo era.
¿Cuántos de nosotros sabemos cuándo es la última vez? Pocos. Tal vez ninguno. La mayoría vivimos instalados en una suerte de inocencia persistente, donde rara vez pensamos en el futuro —fatal e inevitable— de las personas que queremos o admiramos.
La primera vez que esa conciencia me rozó tenía siete años: asesinaron a John Lennon. Apenas un año antes había descubierto un casete que mi padre había comprado de The Beatles. Sonaban «Revolution» «The Ballad of John and Yoko» «Don’t Let Me Down», entre otras. Recuerdo con nitidez la portada: cuatro barbudos posaban frente al edificio de Apple mientras tocaban una música que me parecía hipnotizante.
Y, sin embargo, uno de ellos —el de lentes redondos— ya no estaba.
Fue quizá la primera vez que entendí, aunque de manera difusa, que incluso aquello que parece eterno puede terminar de pronto.
Años después, las «últimas veces» volvieron a presentarse de forma repentina, improbable, como suelen hacerlo las cosas importantes que, en el instante, no lo parecen. En los últimos años partieron personas que me importaban profundamente, por las que sentía un cariño entrañable, y que además se fueron demasiado jóvenes: Aleph Castañeda, contrabajista de jazz; Emmanuel Cruz, pintor hiperrealista xalapeño; Óscar Marín, fotógrafo, por mencionar algunos. También me pasó con la partida de mi padre: le dije adiós, pero ya no obtuve respuesta.
La última vez que hablé con Pepe Armas fue hace un par de años. Fue por teléfono.
—¡Paquirri! ¿Cómo estás? —me decía.
Cada quien estaba inmerso en su mundo, atendiendo asuntos personales, proyectos, pendientes. Pero estábamos. Y eso parecía suficiente. Hasta que la vida, de un tajo, decidió que ya no más.
Irónicamente, sabemos que la muerte es parte de la vida, que nacimos para morir. Y, aun así, siempre duele querer y despedir a alguien a quien amamos. Nunca sabemos —maldita sea— cuándo será la última vez. El desfile de quienes se van crece cada año, y no sabemos cómo lidiar con ello; al menos yo no lo sé.
No sé cuándo será el último abrazo de quienes amo, cuándo escucharé por última vez la risa de mis hijos, cuándo tendrán lugar las últimas charlas con las personas que quiero, el último saludo, la última coincidencia. De eso hablaba con Gustavo, amigo y camarada en común con Pepe: que no supimos despedirnos correctamente. No en un velorio ni en una misa, sino de frente, como hermanos: cabrón, que te vaya bien, te quiero, y todo lo demás.
Entonces mi hermana Orietta me sugirió que le escribiera una carta de despedida y luego la quemara. Esta es mi carta. No voy a incendiar la computadora, pero la comparto como parte de mi duelo.
Lamentable, o quizá inevitable: así es la vida. Somos instantes, momentos, episodios buenos y malos. Estamos hechos de ellos, o tal vez ellos hacen nuestra vida. O, como dice Savater, somos «esclavos de nuestras circunstancias». Ah, pero eso no es todo, querido lector. Pienso que pertenecemos a una de las últimas generaciones que quizá dejen algo tangible. ¿Por qué lo creo? Nuestros padres, abuelos y bisabuelos nos heredaron memoria material: retratos amarillentos —daguerrotipos—, libros subrayados, cartas manuscritas, vinilos, muebles que parecían eternos. Nosotros, en cambio, dejaremos imágenes digitales, correos electrónicos encriptados, mensajes dispersos, listas musicales de reproducción que nadie escuchará, muebles desechables, dibujos y libros digitales almacenados en la nube o que viven detrás de una pantalla.
¿Será este el último texto que escriba? ¿La última acuarela que pinté —hace quince días— será realmente la última?
En ese sentido coincido con el dibujante Klaustoon: «hay que dejarle algo a los arqueólogos», por eso gran parte de mi trabajo gráfico es físico. Afortunados los que poseen una obra mía. Vendo barato, harbanos. Ja.
La última vez es como el gato de Schrödinger: existe y no existe al mismo tiempo. Está ahí, latente, pero solo se revela cuando ya ha ocurrido. Quizá lo único que nos corresponde es volver cada instante especial, íntimo, irrepetible, como si realmente lo fuera.
Personalmente no quiero pensar en eso, pero es ineludible. Va a pasar, aunque nadie quiera, aunque yo no quiera. Por eso, si alguna vez me ves por la calle y yo no te veo, salúdame. Si alguna vez piensas en mí, llámame o mándame un mensaje. Yo haré lo mismo. Procuraré no postergarlo, aunque los años me hayan vuelto un poco más huraño.
Como en las viejas contestadoras telefónicas: «deja tu nombre y tu mensaje; yo me comunicaré más tarde».
Pero que ese “más tarde” no sea nunca demasiado tarde.
Gracias por los buenos momentos, arquitecto Pepe.
«¿Tiene sentido la vida? ¿Merece la pena vivir? ¿Hay vida después de la muerte?». Mira, la vida tiene sentido y sentido único; va hacia adelante, no hay moviola, no se repiten las jugadas ni suelen poder corregirse. Por eso hay que reflexionar sobre lo que uno quiere y fijarse en lo que se hace. Después… guardar siempre el ánimo ante los fallos, porque la suerte también juega y a nadie se le deja acertar en todas las ocasiones. ¿El sentido de la vida? Primero, procurar no fallar; luego, procurar fallar sin desfallecer.
Fernando Savater. Ética para Amador















