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26 diciembre, 2025

Jazz en sordina: una lectura simplona de Murakami

 


Murakami escucha jazz (pero le falta swing). 

Ernesto Morosini, 2025


Considero al jazz como una música atemporal:pueden pasar cien años y continúa vigente, quizá bajo otros estilos y subgéneros, pero al final es una música que vive y respira a través de nuestros sentidos. Quien haya estado en un concierto de jazz no podrá negar que un solo de batería o de piano es capaz de hacer vibrar las emociones más recónditas de su ser. Con Haruki Murakami pretende ocurrir algo similar en «Retratos de jazz». Dicho libro, publicado originalmente en 1997 y actualizado en 2001 contiene 55 relatos breves sobre diferentes figuras del jazz desde la perspectiva personal y afición declarada de Murakami por esa música y son acompañados por una biografía diminuta de cada intérprete. De las 55 personalidades que menciona el libro, debo admitir que solo conozco apenas unas 20, a lo mucho, por lo que la lectura me sugirió una merecida novateada. Aunque, en mi defensa, tampoco se mencionan a varios músicos que sí conozco, como Sarah Vaughan, Aretha Franklin. Paul Desmond, Dave Brubeck, John Coltrane y Tal Farlow. Quiero pensar,entonces, que los jazzistas incluidos son los predilectos de Murakami y que la intención del libro nunca fue la de convertirse en una enciclopedia del jazz; de haber sido así, no terminaríamos nunca.

Nunca antes había leído nada de Murakami, y este libro no me permite emitir un juicio más o menos sólido sobre su obra. Necesito tal vez, algo más profundo y extenso para formarme una idea sobre su prosa. Si bien «Relatos del jazz» está escrito correctamente y mantiene un ritmo ameno, no me parece un libro imprescindible: su escritura no molesta, pero tampoco deja huella. Murakami escribe más como aficionado interesado que como alguien dispuesto a arriesgar un concepto que sacuda al lector. Lo único que lo salva radica en los músicos que menciona, lo cual basta para seducirme a escuchar las piezas de jazz que ahí se comentan.

El prefacio del libro fue escrito tanto por Makoto Wada como por el propio Murakami. Wada era un pintor del que no termino de entender qué le vio Murakami, se encargó de retratar a cada uno de los intérpretes de manera poco afortunada. Esa es otra de las partes lamentables del libro, ya que sus ilustraciones, lejos de enriquecer la obra, la hacen parecer un capricho editorial para vender ejemplares. No comprendo por qué el dibujante eligió un estilo naif ni por qué, habiendo ilustradores mucho más sólidos, se optó por el trabajo -si es que se le puede llamar así- de Wada.

Por último, me parece que haría falta una segunda parte dedicada a los jazzistas contemporáneos, como Chic Corea, Christian McBride, Joshua Redman, Pat Metheny y Brad Mehldau, entre otros. Aunque, eso sí, me gustaría leerla más en forma de ensayo, al estilo del «El jazz en México» de Alain Derbez, una obra rigurosa y con información verdaderamente interesante sobre el desarrollo del jazz en nuestro país.

«Retratos del jazz» funciona mejor como una lista de reproducción comentada que como un libro serio de jazz. Agradezco el entusiasmo de Murakami y de Wada, pero le hace falta el «shout chorus», y tratándose de jazz, eso no es un detalle menor.

Por mi parte, dejo una lista de reproducción en Spotify que armé hace algunos meses: Jazzinio Club. Estoy seguro de que la disfrutarás.


Si llegaste hasta aquí, dejo un relato breve que escribí hace varios años, cuando escribía peor y sabía menos. Habla de mi relación con el jazz, entre la memoria, la ficción y cierta indulgencia juvenil.

JAZZ FOREVER

Ernesto Morosini, 2005



Yo tenía apenas ocho años y quería aprender a tocar la batería, convertirme en un “Rock Star” y tocar canciones de The Police, Doors, Pink Floyd y no se cuántos grupos más, así que le pedí a mi padre que me inscribiera en clases de música. Él no estaba muy convencido de comprarme una batería porque hacía “demasiado ruido”, pero lo seguro es que era demasiado dinero y él no quería hacer un gasto de ese tipo. Entré a clases de iniciación musical y tuve un maestro negrito. Se llamaba Quincy Charles, o al menos así se presentaba, seguramente en alusión a esos musicazos que son Quincy Jones y Ray Charles. 

Miles Davis, por Morosini
Los alumnos lo conocíamos como “Mister Chocolate” y enseguida comenzó a enseñarnos solfeo y armonización. Como Mister Chocolate era gringo y además negro, hablaba un español bastante difícil de comprender y nos hacía la vida de cuadritos tratando de enseñarnos música. Una tarde nos llevó a la sala de instrumentos, tomó un saxofón (o lo que yo creía que era un saxofón) y comenzó a tocarlo con maestría, a veces suave, a veces rasposo y pasaba de primera a quinta velocidad dejándonos todos mareados y medio sordos, pero al fin y al cabo complacidos. Nos dijo que eso que habíamos escuchado era “yasmiusic” y que el yasmiusic había sido inventado por sus tatarabuelos negros en una ciudad establecida en el Delta del Mississippi llamada New Orleáns. Maravillosa música, un ritmo que me dejó marcado de por vida. Al poco tiempo de habernos regalado el yasmiusic, Mister Chocolate tuvo que marcharse a su tierra porque su madre se encontraba muy enferma. Al partir él, yo abandoné la escuela de música y mi padre no me compró la batería, pero a cambio de eso le pedí que me consiguiera discos de yasmiusic y juntos nos encaminamos a conseguir algunos elepés, así podría recordar el solo de Mister Chocolate aquella tarde en la sala de instrumentos. Fue entonces cuando conocí la voz ronca de Louis Armstrong y su inseparable trompeta, la fluidez del clarinete de Benny Goodman, las hermosas voces de Ella Fitzgerald y Sarah Vaughan así como el triste lamento de Billie Holliday; me sentí muy bien al oír a Chuck Mangione, a Herp Albert, la bossa nova de Jobim y la lánguida voz de Chet Baker. Pero sobre todo, recordar al negrito Quincy Charles y la magia de su saxofón interpretando alguna melodía de jazz music, jazz forever. 
Ella Fitzgerald, por Morosini


#ElKindleDeMoro

21 diciembre, 2025

Entre sionistas y nóbeles te encuentres...


Lo abrí por curiosidad, por enterarme de qué iba.

A simple vista pareciese un libro de ficción; sin embargo, a cada página se va uno dando cuenta de la perversidad que contiene. «Los protocolos de los sabios de Sión»* es un texto atribuido a un grupo de sabios judíos supuestamente reunidos durante el primer congreso sionista celebrado en Basilea, Suiza, en el año de 1897, presuntamente para planear el dominio mundial. Al consultar en diversas fuentes, me encontré con que dicho documento no es más que una farsa elaborada para agraviar y desacreditar al pueblo judío. Un número considerable de autores -entre ellos Umberto Eco- lo ha estudiado a fondo y ha determinado que se trata de un texto apócrifo, construido a partir de plagios, manipulaciones y prejuicios políticos. Según lo que logré investigar es que se ha comprobado que buena parte de su contenido proviene de sátiras y panfletos del siglo XIX reciclados y reescritos con la intención de fabricar ilusoriamente una conspiración auténtica. El documento se publicó por primera vez en la Rusia zarista, hacia 1903, en un ambiente marcado por el anti judaísmo institucional, y fue utilizado como instrumento de propaganda para justificar persecuciones, pogromos y, más adelante, ideologías totalitarias.

Lejos de representar las «minutas de asambleas secretas verdaderas», los protocolos funcionan más bien como un recurso discursivo: no existen hechos comprobables, sino temores compartidos. Su fuerza radica no en decir la verdad, sino en señalar a un enemigo abstracto y convenientemente uniforme, tal y como ahora las potencias mundiales usan genéricamente al terrorismo o al narcotráfico con el propósito de iniciar hostilidades armadas con alguna nación. Por eso el texto ha sido reutilizado y difundido en distintos momentos y lugares -de Europa a Estados Unidos-, ajustándose a nuevas tensiones sociales, económicas y políticas, como si fuera un manual de la desconfianza. 

Leer hoy «Los protocolos de los sabios de Sión» requiere de una distancia crítica. El libro dice menos sobre una supuesta élite judía que sobre la facilidad con la que una mentira bien construida puede adquirir apariencia de verdad cuando encuentra un terreno fértil de resentimiento e ignorancia. Sin embargo, en mi opinión -y atendiendo, como diría el distinguido Alfredo Jalife, a los movimientos visibles en el tablero de ajedrez mundial-, pareciese que el Estado de Israel y sus patrocinadores están aplicando, en el mediano plazo, una narrativa que me recuerda inquietantemente a lo plasmado en ese libro. Basta con observar lo que ocurre hoy en Palestina, Líbano, Siria y Yemen, o la reciente cesión de recursos hídricos del gobierno argentino a manos de un operador israelí. Suena delirante, lo sé. Y, sin embargo, ahí está. Aunque la falsedad del documento ha sido establecida con claridad, su vigencia simbólica persiste, negándose a desaparecer del todo y reapareciendo, una y otra vez, en la lectura cotidiana de los acontecimientos contemporáneos.


En otra lectura, esta vez del Premio Nobel de Literatura 2003, J. M. Coetzee, me encontré con una experiencia tan abrumadora como decepcionante. Se trata de «La infancia de Jesús» (2013). Como lector habitual de obras que abordan lo cristiano desde una óptica herética -por llamarla de algún modo- me volqué en ella con entusiasmo. La decepción no fue inmediata, y quizá por eso resultó mayor.

Años atrás había leído «Desgracia» (1999), una novela de prosa precisa y brutal, capaz de revolver el estómago sin recurrir a excesos; y «Esperando a los bárbaros» (1980), que me sostuvo durante páginas enteras en una tensión casi asfixiante. Coetzee tenía -tiene- algo que atrapaba desde la primera página. Ese efecto se repite en «La infancia de Jesús», pero en diminuendo, como diría un músico: empieza bien, promete, y luego se disuelve.

La novela arranca con solvencia, pero conforme avanza va perdiendo la densidad que uno espera de Coetzee y comienza a parecerse peligrosamente a otra cosa, algo más cercano a Coelho que al autor que uno admira. Una metamorfosis digna del Dr. Jekyll en Mr. Hyde: de lo complejo a lo plano, de lo sugerente a lo obvio, y de ahí en picada. Lo más desconcertante es que el libro no aborda ni al Jesús histórico ni al Jesús de la fe cristiana. Yo llevaba, quizá ingenuamente, una expectativa similar a la que me dejó «El evangelio según Jesucristo» (1998) de Saramago. Pero no: nada de eso ocurre.

Terminé el libro con una sensación de pena: su final no es un final, o al menos no uno que justifique el trayecto ni el esfuerzo. ¿Qué rayos te pasó, Coetzee? Tal vez el error fue mío. Tal vez lo medí con una vara demasiado alta. Tal vez, sin darme cuenta, lo comparé con Moby-Dick. En cualquier caso, no caigan.

Hay libros que fallan y otros que simplemente decepcionan; estos últimos son los más difíciles de perdonar, sobre todo cuando provienen de autores que alguna vez nos enseñaron a leer mejor. Confieso que «La infancia de Jesús» no es un mal libro, pero sí uno prescindible. Y en un Nobel, eso ya es decir bastante.

Actualmente estoy en una lectura de Murakami, ya escribiré sobre ella antes de cerrar este 2025, espero.

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1. Wikipedia (entrada principal sobre Los protocolos)

Wikipedia. (2025). Los protocolos de los sabios de Sion. Recuperado de https://es.wikipedia.org/wiki/Los_protocolos_de_los_sabios_de_Sion 

2. Enciclopedia del Holocausto (United States Holocaust Memorial Museum, versión en español)

United States Holocaust Memorial Museum. (s. f.). Los protocolos de los sabios de Sión, una conspiración antisemita. Recuperado de https://encyclopedia.ushmm.org/content/es/article/protocols-of-the-elders-of-zion 

3. Enciclopedia del Holocausto: fechas clave

United States Holocaust Memorial Museum. (s. f.). Fechas clave de Los protocolos de los sabios de Sión. Recuperado de https://encyclopedia.ushmm.org/content/es/article/protocols-of-the-elders-of-zion-key-dates

4. La Vanguardia – Historia y Vida

La Vanguardia. (2021, 18 de febrero). ‘Los protocolos de los sabios de Sión’, la mentira que no muere. Historia y Vida. Recuperado de https://www.lavanguardia.com/historiayvida/historia-contemporanea/20210218/6250329/protocolos-sabios-sion-antisemitismo.html

3. MEMRI Español – análisis de circulación contemporánea

MEMRI Español. (s. f.). ‘Los protocolos de los sabios de Sion’ en las redes sociales supremacistas blancas y neonazis. Recuperado de https://www2.memri.org/espanol/los-protocolos-de-los-sabios-de-sion-en-las-redes-sociales-supremacistas-blancas-y-neonazis/62481


#ElKindleDeMoro


14 noviembre, 2025

Llamadme Ismael...

 

Moby Dick
La ballena
Herman Melville


Hace 174 años -un 14 de noviembre de 1851- apareció por primera vez Moby-Dick, la ballena blanca. Aquel gran leviatán literario emergió para convertirse en una de las obras mayores de la narrativa norteamericana. Herman Melville nos embarca en el Pequod, un ballenero comandado por el implacable capitán Ahab y cuyo viaje conocemos a través de la voz de Ismael, uno de los integrantes de la tripulación.

Debo admitir que, al principio, no era una lectura que me llamara particularmente. Tan solo ver aquel volumen descomunal me producía una especie de desazón anticipado. Además, la historia había sido endulzada, manoseada y exprimida hasta el cansancio por el cine y la televisión. Lo irónico -y aquí Melville podría guiñarnos un ojito desde el siglo XIX- es que la novela, que efectivamente es una gran novela, me mantuvo en vilo: solo hasta el capítulo 133 (de un total de 135) la famosa bestia blanca se digna a aparecer.

La advertencia estaba ahí, desde la introducción: no sería una lectura sencilla. En Estados Unidos, su lectura es obligatoria en la escuela, en un paralelo más o menos equivalente al papel del Quijote en España. Allá se dice que Moby-Dick es “un libro para hacer una tesis”, y no es exageración. La obra es compleja, tupida de alegorías, repleta de referencias religiosas, políticas y filosóficas que desbordan con generosidad y paciencia del lector mediante.

Melville, viendo como aún
no lees Moby-Dick

Para mí, además de todo eso, terminó siendo un tratado fascinante sobre los balleneros del siglo XIX. Melville ofrece una auténtica cátedra sobre la estructura de aquellas naves, los instrumentos utilizados para la caza y un inventario minucioso de cetáceos, con sus usos y propiedades. El cachalote, o ballena de esperma, ocupa un lugar privilegiado: era, por supuesto, uno de los espécimenes más codiciados por los balleneros.

No puedo dejar de mencionar que los soliloquios de los tripulantes del Pequod están impregnados de una poesía profundamente prosáica -poema en prosa en su mejor acepción, si se me permite la aclaración-. Sorprende el dominio de la pluma de Melville: el lenguaje, las imágenes, su ritmo, y sobre todo, la elegancia precisa con la que escoge cada palabra para nombrar una acción o un pensamiento. Ese es, creo, el sabor que más perdura después de terminar el libro. Y, al mismo tiempo, deja la vara peligrosamente alta para quienes se dedican a escribir: uno siente que el lenguaje cotidiano -y en particular el español- se desliza hacia una decadencia que a veces parece irremediable. Son pocos quienes lo mantienen vivo y en su sitio; la mayoría apenas logra expresarse con claridad y adopta con descaro decenas de anglicismos que, lo confieso, detesto.

Leer esta novela me espabiló el sentido autocrítico y me hizo querer afinar más mis futuros escritos. Y, ya entrado en alegorías, me atrevo a ver en la sociedad un Pequod lingüístico a la deriva, amenazado por la decadencia del propio idioma. Al final, el barco se hunde, sí, pero Ismael sobrevive. Y en ese gesto mínimo -un solo hombre aferrado a un ataúd salvavidas- me gusta pensar que también sobrevive nuestro idioma.

Después de todo, la espera interminable por la aparición de la ballena, así como la monomanía incesante de Ahab, me dejan entrever un espejo curioso en nuestra relación con el lenguaje. Así como Melville se tomó su tiempo -más de cien capítulos- antes de mostrar a su criatura, también nosotros vamos recorriendo, bordeando y, a veces, esquivando el sentido poderoso de las palabras, hasta que finalmente se revela la frase exacta, la palabra precisa. Leer Moby-Dick me recordó que el idioma, cuando se cultiva con rigor y paciencia, puede seguir siendo un territorio vasto, indómito y vivo.

Pienso que el hundimiento del Pequod a manos (mandíbula, aletas y cola) de la ballena, adquiere un significado inesperado: la nave, cargada de obsesiones y desvaríos, se pierde; pero Ismael se salva. Él es el testigo, el que convierte el desastre en relato. Y, llevado al terreno de la metáfora, quizá en ese único sobreviviente se encuentre lo que hoy necesitamos: una conciencia despierta que vigile la claridad del idioma frente a su propio oleaje de decadencias y modas pasajeras.

Finalmente, Moby-Dick no es solo una ballena: es un recordatorio de que nuestro idioma merece ser buscado con la misma terquedad pero con menos fatalismo que el que impulsó a Ahab. Porque, si tenemos éxito, siempre habrá un Ismael dispuesto a contarlo de nuevo y a mantener vivas las palabras.

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18 abril, 2025

Historia del tiempo. Mi opinión del libro.


Hace algunas semanas terminé de leer La historia del tiempo de Stephen Hawking. Un libro fascinante... pero complicado. Y eso que el propio Hawking, en la introducción, promete que no incluiría ninguna ecuación porque -cito- eso le reduciría las ventas a la mitad. Sin embargo, sí coló la más célebre de todas: la de Einstein. No se resistió.

Este libro habla de cosas grandes. Y cuando digo grandes, me refiero a la velocidad de la luz, la gravedad, la radiación, las estrellas, la mecánica cuántica, y de paso, unos cuantos físicos que se han quebrado la cabeza tratando de entender de dónde salió todo este enredo llamado universo. Si todo comenzó con el Big Bang, ¿qué había antes? ¿Y quién encendió la mecha?

Hawking, con una prosa brillante y elegante, también habla de Dios. No lo ataca, pero lo deja en una posición incómoda. Dice que: "la gente ha llegado a creer que Dios permite que el universo evolucione con un conjunto de leyes en las que él no interviene para infringirlas". Es decir, si Dios creó el universo, lo hizo con el manual bajo el brazo y después se desentendió. Lo más travieso es que, en medio de toda su genialidad, Hawking nos trollea desde su silla y su teclado, con esta joya: "Si usted recuerda cada palabra de este libro, su memoria habrá grabado alrededor de dos millones de unidades de información: el orden de su cerebro habrá aumentado aproximadamente dos millones de unidades... y eso si usted recuerda todo lo que hay en este libro".

La lectura fue una delicia. Enriquecedora y compleja, como debe ser. Eso sí, necesitaré una segunda vuelta para que me baje bien, como con el Pedro Páramo de Rulfo: a la primera, no entiendes nada; a la segunda, todo comienza a tener sentido. Es un libro que merece la relectura.

Lo mejor, sin embargo, no fue ni Hawking ni las ecuaciones. Fue encontrar, entre sus páginas, una nota manuscrita de mi papá. Eso fue lo más bonito. Lo demás -el universo, el tiempo, la expansión del universo- puede esperar.

#Hawking

#HistoriadelTiempo

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