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23 enero, 2026

Escuchar con los ojos: leer jazz desde la ficción




«Pero hermoso. Un libro de jazz»

Geoff Dyer

Literatura Random House
227 páginas.

Ernesto Morosini, 2026

El día de ayer concluí la lectura de un libro verdaderamente hermoso. Me lo recomendó el artista, escritor y amigo Alec Depster después de leer mi texto sobre el libro de jazz de Murakami; se titula «Pero hermoso. Un libro de jazz» (1996), de Geoff Dyer. El nombre me pareció soberbio y, tras meditarlo un poco, concluí que quizá era el más adecuado, pues el jazz también lo es. Me apuraban las ansias por desentrañarlo y saber si se trataba de una buena lectura, ya que en ocasiones me he topado con libros de títulos prometedores que decepcionan al adentrarse en sus páginas. Me frustra la pérdida de tiempo y de esfuerzo que implica leer un libro malo o, al menos, uno que a mí me lo parezca. Por ejemplo, no tocaría ni por equivocación un libro de Paulo Coelho. Solo he leído uno suyo y me resultó superfluo. Tras leer críticas sobre su obra y escuchar opiniones de otros lectores, podría concluir que Coelho no escribe para el lector exigente, sino para aquel que busca consuelo, confirmación o una experiencia espiritual sin fricción intelectual. Lo siento si hiero susceptibilidades, querido lector; es solo mi opinión.



Ben Webster
Dyer nos embarca en un viaje delicioso: inicia con un trayecto en automóvil junto a Duke Ellington y Harry Carney, mientras ambos charlan animadamente rumbo a su destino. Desde el principio, Dyer advierte que las historias narradas en el libro no nacen necesariamente de hechos reales, sino que se permite la licencia de improvisar, del mismo modo en que se improvisa en el jazz. Señala también que decidió no marcar aquellas citas que sí ocurrieron en la vida real, bajo la lógica de que los músicos de jazz se citan con frecuencia durante los solos y que, según nuestro conocimiento, podemos captarlas… o no. Desconocía que a esto se le llamara citar en modo musical; a mí, por desgracia, solo se me da el APA.
Thelonious Monk

Otro de los aspectos geniales del libro es que Dyer habla de los músicos no como fueron, sino como a él le parece que eran: se adentra en su psique, en sus aficiones y vicios, y al mismo tiempo va insinuando, de manera velada, la filosofía de cada uno, como si los conociera íntimamente, como si habitaran su mente y le contaran cómo sentían el mundo a través de sus ojos, sus manos y sus instrumentos. Narrativamente, Dyer hace uso de símiles y metáforas manejados de forma impecable, con una cadencia casi poética que me recuerda la intensa prosa de Saramago, en cuyas páginas es posible vislumbrar decenas de imágenes en un solo párrafo. El recorrido del libro inicia, como ya mencioné, con la interacción entre Ellington y Carney, la cual se mantiene como una larga escena a lo largo de la obra, interrumpida cada tanto por los relatos de quienes -me atrevo a pensar- son los músicos predilectos de Dyer: Lester Young, Bud Powell, Charles Mingus, Chet Baker, Ben Webster, Thelonious Monk y Art Pepper. Cada uno de ellos cuenta una historia de vida con sus propios matices y experiencias, todas flotando en nubes de heroína, alcohol y cigarrillos.

Chet Baker

No se trata de un libro de biografías como el de Murakami; Dyer va más allá, entremezclando realidad y ficción, con más ficción que realidad, a veces apoyándose apenas en un puñado de fotografías: «Las mejores fotografías de jazz están saturadas por el sonido del tema. En la foto de Carol Rieff de Chet Baker tocando en el Birdland oímos no solo a los músicos que llenan el pequeño escenario del encuadre, sino también la charla de fondo y el tintineo de los vasos del club…». Dyer se tomó muy en serio aquello de que una imagen vale más que mil palabras y tuvo la habilidad -y la osadía- de narrar lo que en ellas acontecía, o lo que él creyó que pasaba: «…ya que las mejores fotografías parecen prolongarse más allá del momento que describen, lo que acababa de decirse, lo que estaba a punto de decirse».


Art Pepper
No me queda duda de su experiencia con las letras ni de sus conocimientos de jazz. El epílogo es un breve pero detallado ensayo sobre qué es el jazz y cuál ha sido su devenir a lo largo de cien años: desde su nacimiento a partir del blues hasta nuestros días, pasando por las fronteras que ha traspasado, sus distintos estilos y algunos de sus músicos más representativos. También nos invita a pensar en aquellos que dejaron el mundo a una edad temprana, ya fuera por adicciones, accidentes o riñas. De ese modo, Dyer nos lanza una pregunta inquietante: ¿qué habría sido de Miles Davis si hubiera muerto a los veinticinco años, como Clifford Brown? Y responde: «cuando piensas que si Miles Davis hubiera muerto a la misma edad no habría grabado nada después de The Birth of the Cool, comienzas a intuir la magnitud de la pérdida».

Lester Young

En lo personal, me habría gustado leer alguna historia sobre Charlie “Bird” Parker, Louis Armstrong o Ella Fitzgerald. Quiero imaginar que quizá no se escribió sobre ellos porque existe ya suficiente material biográfico que contrastaría demasiado con la ficción propuesta por Dyer. Existen, además, algunas películas -Bird (1988), Born to Be Blue (2015) y The United States vs. Billie Holiday (2021)- que abordan las vidas de Charlie Parker, Chet Baker y Billie Holiday, respectivamente, y que resultan un material significativo y enriquecedor para los amantes del jazz.

Finalmente, el libro incluye un listado de piezas esenciales que me gustaría incorporar poco a poco a mi lista de reproducción del Jazzinio Club. Este es, sin duda, un buen momento para hacerlo.

Me quedaría por saber qué opinan los amigos jazzistas sobre este libro: si hay puntos en los que discrepan o en los que comulgan. Es algo parecido a preguntarle a un arquitecto su opinión sobre «El manantial» de Ayn Rand, aunque sospecho que muchos no han pasado de la portada. Y hablando precisamente de portadas, la del libro que da pie a este texto lleva una cita del pianista y compositor Keith Jarrett, que dice: «El único libro sobre jazz que le recomendaría a mis amigos». Concuerdo totalmente con Jarrett; lo recomiendo ampliamente.

Terminar este libro ha sido como quedarse unos minutos más en una mesa de un club de jazz, cuando ya encendieron las luces y los meseros comienzan a limpiar el desorden, mientras que el eco del último acorde aún flota en el aire. No es una lectura para aprender datos ni confirmar nada, sino para escuchar las voces de los músicos y de sus instrumentos. Tal vez por eso el libro no finaliza del todo, deja abierta la puerta para volver a la música, poner una pieza, disfrutarla y dejar que las páginas sigan sonando, aunque el libro ya esté cerrado.

Gracias por la recomendación, Alec.


---> También escribo sobre arquitectura y urbanismo acá.

26 diciembre, 2025

Jazz en sordina: una lectura simplona de Murakami

 


Murakami escucha jazz (pero le falta swing). 

Ernesto Morosini, 2025


Considero al jazz como una música atemporal:pueden pasar cien años y continúa vigente, quizá bajo otros estilos y subgéneros, pero al final es una música que vive y respira a través de nuestros sentidos. Quien haya estado en un concierto de jazz no podrá negar que un solo de batería o de piano es capaz de hacer vibrar las emociones más recónditas de su ser. Con Haruki Murakami pretende ocurrir algo similar en «Retratos de jazz». Dicho libro, publicado originalmente en 1997 y actualizado en 2001 contiene 55 relatos breves sobre diferentes figuras del jazz desde la perspectiva personal y afición declarada de Murakami por esa música y son acompañados por una biografía diminuta de cada intérprete. De las 55 personalidades que menciona el libro, debo admitir que solo conozco apenas unas 20, a lo mucho, por lo que la lectura me sugirió una merecida novateada. Aunque, en mi defensa, tampoco se mencionan a varios músicos que sí conozco, como Sarah Vaughan, Aretha Franklin. Paul Desmond, Dave Brubeck, John Coltrane y Tal Farlow. Quiero pensar,entonces, que los jazzistas incluidos son los predilectos de Murakami y que la intención del libro nunca fue la de convertirse en una enciclopedia del jazz; de haber sido así, no terminaríamos nunca.

Nunca antes había leído nada de Murakami, y este libro no me permite emitir un juicio más o menos sólido sobre su obra. Necesito tal vez, algo más profundo y extenso para formarme una idea sobre su prosa. Si bien «Relatos del jazz» está escrito correctamente y mantiene un ritmo ameno, no me parece un libro imprescindible: su escritura no molesta, pero tampoco deja huella. Murakami escribe más como aficionado interesado que como alguien dispuesto a arriesgar un concepto que sacuda al lector. Lo único que lo salva radica en los músicos que menciona, lo cual basta para seducirme a escuchar las piezas de jazz que ahí se comentan.

El prefacio del libro fue escrito tanto por Makoto Wada como por el propio Murakami. Wada era un pintor del que no termino de entender qué le vio Murakami, se encargó de retratar a cada uno de los intérpretes de manera poco afortunada. Esa es otra de las partes lamentables del libro, ya que sus ilustraciones, lejos de enriquecer la obra, la hacen parecer un capricho editorial para vender ejemplares. No comprendo por qué el dibujante eligió un estilo naif ni por qué, habiendo ilustradores mucho más sólidos, se optó por el trabajo -si es que se le puede llamar así- de Wada.

Por último, me parece que haría falta una segunda parte dedicada a los jazzistas contemporáneos, como Chic Corea, Christian McBride, Joshua Redman, Pat Metheny y Brad Mehldau, entre otros. Aunque, eso sí, me gustaría leerla más en forma de ensayo, al estilo del «El jazz en México» de Alain Derbez, una obra rigurosa y con información verdaderamente interesante sobre el desarrollo del jazz en nuestro país.

«Retratos del jazz» funciona mejor como una lista de reproducción comentada que como un libro serio de jazz. Agradezco el entusiasmo de Murakami y de Wada, pero le hace falta el «shout chorus», y tratándose de jazz, eso no es un detalle menor.

Por mi parte, dejo una lista de reproducción en Spotify que armé hace algunos meses: Jazzinio Club. Estoy seguro de que la disfrutarás.


Si llegaste hasta aquí, dejo un relato breve que escribí hace varios años, cuando escribía peor y sabía menos. Habla de mi relación con el jazz, entre la memoria, la ficción y cierta indulgencia juvenil.

JAZZ FOREVER

Ernesto Morosini, 2005



Yo tenía apenas ocho años y quería aprender a tocar la batería, convertirme en un “Rock Star” y tocar canciones de The Police, Doors, Pink Floyd y no se cuántos grupos más, así que le pedí a mi padre que me inscribiera en clases de música. Él no estaba muy convencido de comprarme una batería porque hacía “demasiado ruido”, pero lo seguro es que era demasiado dinero y él no quería hacer un gasto de ese tipo. Entré a clases de iniciación musical y tuve un maestro negrito. Se llamaba Quincy Charles, o al menos así se presentaba, seguramente en alusión a esos musicazos que son Quincy Jones y Ray Charles. 

Miles Davis, por Morosini
Los alumnos lo conocíamos como “Mister Chocolate” y enseguida comenzó a enseñarnos solfeo y armonización. Como Mister Chocolate era gringo y además negro, hablaba un español bastante difícil de comprender y nos hacía la vida de cuadritos tratando de enseñarnos música. Una tarde nos llevó a la sala de instrumentos, tomó un saxofón (o lo que yo creía que era un saxofón) y comenzó a tocarlo con maestría, a veces suave, a veces rasposo y pasaba de primera a quinta velocidad dejándonos todos mareados y medio sordos, pero al fin y al cabo complacidos. Nos dijo que eso que habíamos escuchado era “yasmiusic” y que el yasmiusic había sido inventado por sus tatarabuelos negros en una ciudad establecida en el Delta del Mississippi llamada New Orleáns. Maravillosa música, un ritmo que me dejó marcado de por vida. Al poco tiempo de habernos regalado el yasmiusic, Mister Chocolate tuvo que marcharse a su tierra porque su madre se encontraba muy enferma. Al partir él, yo abandoné la escuela de música y mi padre no me compró la batería, pero a cambio de eso le pedí que me consiguiera discos de yasmiusic y juntos nos encaminamos a conseguir algunos elepés, así podría recordar el solo de Mister Chocolate aquella tarde en la sala de instrumentos. Fue entonces cuando conocí la voz ronca de Louis Armstrong y su inseparable trompeta, la fluidez del clarinete de Benny Goodman, las hermosas voces de Ella Fitzgerald y Sarah Vaughan así como el triste lamento de Billie Holliday; me sentí muy bien al oír a Chuck Mangione, a Herp Albert, la bossa nova de Jobim y la lánguida voz de Chet Baker. Pero sobre todo, recordar al negrito Quincy Charles y la magia de su saxofón interpretando alguna melodía de jazz music, jazz forever. 
Ella Fitzgerald, por Morosini


#ElKindleDeMoro