«Pero hermoso. Un libro de jazz»
Geoff Dyer
Ernesto Morosini, 2026
El día de ayer concluí la lectura de un libro verdaderamente hermoso. Me lo recomendó el artista, escritor y amigo Alec Depster después de leer mi texto sobre el libro de jazz de Murakami; se titula «Pero hermoso. Un libro de jazz» (1996), de Geoff Dyer. El nombre me pareció soberbio y, tras meditarlo un poco, concluí que quizá era el más adecuado, pues el jazz también lo es. Me apuraban las ansias por desentrañarlo y saber si se trataba de una buena lectura, ya que en ocasiones me he topado con libros de títulos prometedores que decepcionan al adentrarse en sus páginas. Me frustra la pérdida de tiempo y de esfuerzo que implica leer un libro malo o, al menos, uno que a mí me lo parezca. Por ejemplo, no tocaría ni por equivocación un libro de Paulo Coelho. Solo he leído uno suyo y me resultó superfluo. Tras leer críticas sobre su obra y escuchar opiniones de otros lectores, podría concluir que Coelho no escribe para el lector exigente, sino para aquel que busca consuelo, confirmación o una experiencia espiritual sin fricción intelectual. Lo siento si hiero susceptibilidades, querido lector; es solo mi opinión.
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| Ben Webster |
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| Thelonious Monk |
Otro de los aspectos geniales del libro es que Dyer habla de los músicos no como fueron, sino como a él le parece que eran: se adentra en su psique, en sus aficiones y vicios, y al mismo tiempo va insinuando, de manera velada, la filosofía de cada uno, como si los conociera íntimamente, como si habitaran su mente y le contaran cómo sentían el mundo a través de sus ojos, sus manos y sus instrumentos. Narrativamente, Dyer hace uso de símiles y metáforas manejados de forma impecable, con una cadencia casi poética que me recuerda la intensa prosa de Saramago, en cuyas páginas es posible vislumbrar decenas de imágenes en un solo párrafo. El recorrido del libro inicia, como ya mencioné, con la interacción entre Ellington y Carney, la cual se mantiene como una larga escena a lo largo de la obra, interrumpida cada tanto por los relatos de quienes -me atrevo a pensar- son los músicos predilectos de Dyer: Lester Young, Bud Powell, Charles Mingus, Chet Baker, Ben Webster, Thelonious Monk y Art Pepper. Cada uno de ellos cuenta una historia de vida con sus propios matices y experiencias, todas flotando en nubes de heroína, alcohol y cigarrillos.
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| Chet Baker |
No se trata de un libro de biografías como el de Murakami; Dyer va más allá, entremezclando realidad y ficción, con más ficción que realidad, a veces apoyándose apenas en un puñado de fotografías: «Las mejores fotografías de jazz están saturadas por el sonido del tema. En la foto de Carol Rieff de Chet Baker tocando en el Birdland oímos no solo a los músicos que llenan el pequeño escenario del encuadre, sino también la charla de fondo y el tintineo de los vasos del club…». Dyer se tomó muy en serio aquello de que una imagen vale más que mil palabras y tuvo la habilidad -y la osadía- de narrar lo que en ellas acontecía, o lo que él creyó que pasaba: «…ya que las mejores fotografías parecen prolongarse más allá del momento que describen, lo que acababa de decirse, lo que estaba a punto de decirse».
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| Art Pepper |
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| Lester Young |
En lo personal, me habría gustado leer alguna historia sobre Charlie “Bird” Parker, Louis Armstrong o Ella Fitzgerald. Quiero imaginar que quizá no se escribió sobre ellos porque existe ya suficiente material biográfico que contrastaría demasiado con la ficción propuesta por Dyer. Existen, además, algunas películas -Bird (1988), Born to Be Blue (2015) y The United States vs. Billie Holiday (2021)- que abordan las vidas de Charlie Parker, Chet Baker y Billie Holiday, respectivamente, y que resultan un material significativo y enriquecedor para los amantes del jazz.
Finalmente, el libro incluye un listado de piezas esenciales que me gustaría incorporar poco a poco a mi lista de reproducción del Jazzinio Club. Este es, sin duda, un buen momento para hacerlo.
Me quedaría por saber qué opinan los amigos jazzistas sobre este libro: si hay puntos en los que discrepan o en los que comulgan. Es algo parecido a preguntarle a un arquitecto su opinión sobre «El manantial» de Ayn Rand, aunque sospecho que muchos no han pasado de la portada. Y hablando precisamente de portadas, la del libro que da pie a este texto lleva una cita del pianista y compositor Keith Jarrett, que dice: «El único libro sobre jazz que le recomendaría a mis amigos». Concuerdo totalmente con Jarrett; lo recomiendo ampliamente.
Terminar este libro ha sido como quedarse unos minutos más en una mesa de un club de jazz, cuando ya encendieron las luces y los meseros comienzan a limpiar el desorden, mientras que el eco del último acorde aún flota en el aire. No es una lectura para aprender datos ni confirmar nada, sino para escuchar las voces de los músicos y de sus instrumentos. Tal vez por eso el libro no finaliza del todo, deja abierta la puerta para volver a la música, poner una pieza, disfrutarla y dejar que las páginas sigan sonando, aunque el libro ya esté cerrado.













